Educación para los medios por institutos.

Este año propuse dar unas sesiones en institutos de alfabetización para los medios. Afortunadamente la idea de que exista una alfabetización para las pantallas que incorpora habilidades distintas de las necesarias para consumir mensajes escritos ya va calando, lo cual pone las cosas muy sencillas a la hora de plantear iniciativas de este tipo. Eso y tener algunos amigos en centros educativos –probablemente más esto que lo primero- facilitan las cosas.

El prezi que utilicé lo adjunto al final del post. Creo que es suficientemente explicativo y deja la puerta abierta a que cualquiera lo reutilice –en ese caso, recordemos que citar la procedencia es una práctica agradable-. Es más, me encantaría que se usara y sirviera para esta alfabetización- En ese caso, siéntete libre de pedirme más materiales o hacer preguntas y, o, sugerencias. ¡Ah! Independientemente, también acepto invitaciones para ir a presentar yo la charla en lugares con buena gastronomía.

El esquema de la charlita tiene 4 puntos. Dos introductorios y dos enjundiosos. Ahí van.

¿Qué importancia tiene la educación para los medios?

Toda. Desde que nacemos estamos haciendo uso intensivo de las pantallas. (Este prural, nosotros, refiere más bien a aquellos que han nacido unos 25 años más tarde que yo y de ahí en adelante). Los niños usan los móviles de sus padres desde que pueden coordinar el ojo y la mano, reciben televisión en sus más diversas formas: baby Einstein, dora la exploradora, Little Einstein, Caillou… Esos y todas las series animadas de personajes deformes o directamente monstruos feos como los del canal Boing… ¡Qué nostalgia del preciosismo de diseño de Sancho y Quijote o Willy Fog!

¿Por qué hacer una sesión de alfabetización mediática?

Atribución flickr.com/photos/theblackcanvas/2999922094

No se trata en absoluto de informar de los famosos peligros que acechan en Internet. Son MUY graves, pero afortunadamente hay charlas de la policía que ponen las pilas a los chavales.

Se trata de desvelar la omnipresencia de la manipulación y la construcción ideológica, dos peligros menos obvios pero que se aplican con una violencia simbólica inusitada. En resumen, de concientizarse (Alfabetizar es concientizar, dice el prólogo de la pedagogía del oprimido de Freire) para empoderarse y de este modo conquistar la condición de sujeto de transformación, de integrarse como ciudadano digital de pleno derecho.

Y para ganar el derecho a transitar de objeto a sujeto, hay que recorrer dos caminos. El primero tiene que ver con el consumo crítico de las pantallas y el segundo con la participación creativa.

Primer camino: convertirse en receptor crítico.

Miremos una imagen cualquiera (por ejemplo la del anuncio de Benetton, con una mujer de origen africano amamantando un niño blanco). Dice mucho más de lo que dice explícitamente, su capacidad de denotación es enorme. No ha sido tomada inadvertidamente o por casualidad. Cada pixel está estudiado, desde el juego cromático hasta la colocación de los actores y del logo de Benetton, donde cortar la imagen y qué partes mostrar. Nos causa sentimientos de ternura, de igualdad, de fraternidad, de solidaridad… poco importa que lo único que conozca de esta empresa sean estos anuncios, necesito comprarme un polo para luchar por un mundo más justo e igualitario, sin segregaciones ni odios. Poco importa tampoco que esté usando el cuerpo de la mujer (otra vez) como anzuelo publicitario (Se me hace difícil de pensar que esta chica esté amamantado a este niño… pero ni a ningún otro).

Finalmente ¿Qué me queda? La percepción cierta de estar siendo manipulado por la publicidad, sea esta explícita o incluida en el propio contenido como cuando en la peli o serie X el protagonista usa la marca de coches Y o bebe la marca Z de leche. Incluso esta manipulación es visible con el ejemplo de siempre: el de confrontar dos periódicos.

Esta percepción de estar manipulados es el paso previo a comerse la pastilla de Matrix que nos despierta a la realidad: comprender que puede que muchos de los valores que tenemos nos estén siendo inculcados por lo que antes era el aparato ideológico del estado (la escuela dedicada a reproducir las arbitrariedades culturales de cada gobierno) y ahora lo es de las transnacionales (con el celebérrimo ejemplo de los mass media).

Y entonces, ¡la prueba de fuego! Visionamos con los chavales la canción de los Little Einsteins. ¿Qué opináis? Pues que mola. ¿Qué vamos a opinar? Salen cuatro niños, uno de cada color y cada origen del mundo cantando contentos canciones alegres que loan los valores de la cultura y los viajes como descubrimiento de nuevas aventuras. ¡Albricias! Pero rascando un poco más para ver qué hay debajo de la superficie, ellos mismos se dan cuenta. ¡Vaya! Sólo conduce la nave el niño guay, el WASP para más señas, ojo, no el de piel oscura, (el mismo que canta las estrofas principales, porque el resto le hacen los coros básicamente). Se percatan de que los monumentos y producciones culturales que se revisan son los del imaginario occidental centrado en algún lugar de los alrededores de Salt Lake City, ¡Hasta hay una chica muy dispuesta que se dedica a mitad de canción a limpiarle las gafas al listillo pelirrojo!

Luego hay veces (esto me ha ocurrido en el instituto Vela Zanetti de Aranda de Duero) que pregunto ¿Qué habéis visto? Y en ese silencio que se hace hasta la primera intervención –que indefectiblemente no es voluntaria-, va un chaval de 14 años y dice: “Aquí se ve muy marcados los estereotipos de género”. Y te deja tieso, porque tú no lo viste a la primera. Y pides un aplauso de sus compañeros, sintiéndote a partes iguales orgulloso como profesor que ha cumplido con su tarea, ilusionado deslumbrado por la brillantez de los adolescentes cuando desean poner su atención en algo y, claro, un poco avergonzado porque pareces un formador de un curso de coaching, porque aún no estamos acostumbrados a esto de aplaudir.

Con esto ya damos por alertado el sentido crítico. Estamos preparados para la segunda parte.

Segunda pata: Emisor creativo

Telaraña CC-BY flickr.com/photos/randihausken/

Telaraña CC-BY flickr.com/photos/randihausken/

La primera prueba que se propone es la de observar fotos de programas de televisión y preguntar de qué tipo de programa se trata. No hay fallos. Los noticiarios, los concursos, tienen el mismo aspecto desde la noche de los tiempos, en cualquier país (de hecho en la presentación, escogí a propósito imágenes de otros países). Alguien decidió –y ese alguien no éramos los espectadores- la narrativa del medio.

Pero Internet es diferente. La narrativa, la forma en que se transmiten los contenidos en la red es negociada cada día por la participación intensiva de los cibernautas. Somos nosotros los que decidimos no sólo qué se transmite, sino cómo. ¡Vaya suerte! y ¡Vaya responsabilidad!

¿Cómo empoderarse para lograr influir en lo que ocurre en Internet, ser sujeto del cambio? Sólo hay un modo, por medio de la participación. ¿Haciendo retuits, subiendo cosas a Facebook…? Hombre, pues eso está bien, pero no se sale mucho de ser un engranaje del mecanismo de la reproducción (Bourdieu y Passeron). ¿Por qué no participar creativamente? ¿Y si en lugar de solo retransmitir contenidos que me llegan, no me dedico a CREARLOS?

La participación creativa es el único modo de empoderarse y de participar en la codefinición del medio. Y algo que nos distingue de los monos; desde luego, simplemente crear por crear, ya merece la pena.

Raúl Antón Cuadrado

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PS: Ah! El prezi está aquí!

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