Salto Estratosférico

Este pasado fin de semana el aventurero Félix Baumgartner batió un nuevo record para la humanidad al saltar desde casi 40 kilómetros de altura. Tardó casi dos horas en llegar a esa altura, en el interior de una cápsula elevada por un globo de helio, para después dejarse caer al vacío. A pesar de ser un salto muy entrenado y controlado en todo momento desde tierra por médicos y científicos, no estaba carente de riesgos mortales ¿Qué lleva al ser humano a intentar llevar la aventura hasta el borde del abismo? ¿Somos capaces de arriesgar la vida por una meta que nos permita entrar en el libro de los records?

A parte del sacrificio personal, llevar a cabo este tipo de actividades requiere de una infraestructura costosa. Por ello el patrocinio es un aspecto imprescindible para este tipo de aventuras. Porque por un lado va el espíritu aventurero y por otro el comercial. Y normalmente los caminos aventureros y pecuniarios recorren sendas muy diferentes entre sí, pero a veces uno se puede servir del otro. Pero esto no es nuevo, es tan antiguo como la humanidad. Originalmente el patrocinio solía proceder de las esferas políticas, donde la recompensa del aventurero era el honor patrio. Hace cinco siglo Colón necesitó el patrocinio de la reina Isabel de Castilla para poder zarpar con tres barcos, que no eran precisamente lo más granado de la flota de la reina católica. La monarca no arriesgaba en exceso. Si la cosa salía mal, como mucho perdería tres barcos y un puñado de marinos. Si salía bien, y salió, se convertiría en la referencia política y comercial de su tiempo. A cambio de una inversión nimia, Colón colocó el estandarte real y la cruz en el ignoto continente. El navegante italiano, por su parte conseguía el éxito personal y su inscripción en las crónicas por la puerta grande. En caso de fracaso, desaparecería para siempre junto a tres barcos de personajes anónimos, y con más gloría que si hubiera muerto famélico en las calles de la corte.

Al igual que Colón, el resto de descubrimientos geográficos han respondido al enaltecimiento de egos patrios de los gobiernos occidentales: Magallanes, al servicio del rey de España, inició la primera circunnavegación al globo, aventura en la que perdió la vida y que concluyó Juan Sebastián el Cano, con 217 bajas y 17 supervivientes. Podemos añadir la exploración de África, la subida al Everest, las expediciones a los dos polos, el descenso a las Fosas de las Marianas o la llegad del ser humano a la luna.

Sin embargo, este interés por ir más lejos, más rápido o más lejos siempre había satisfecho los intereses nacionales. Ya no sólo por el hecho de que

un país fuese el primero en colocar su bandera en un lugar inédito, sino también por desbancar a los países enemigos de la gloría de conseguirlo, como ocurrió con la carrera espacial que enfrentó a EE.UU. y la URSS tras la II Guerra Mundial. Sin embargo, últimamente estamos viendo como ya no son los países los que posibilitan este tipo de aventuras, sino que el mundo empresarial se adelanta en investigación para, evidentemente , recoger los beneficios de la hazaña. Como vivimos en una época de crisis, donde el dinero público fluye con menos facilidad hacia el i+d, este tipo de proyectos se hace inviable en un proceso estatal o científico subvencionado. ¿Es por tanto lícito que el mundo empresarial esté donde no llega el gubernamental? Si Banco Santander patrocina fórmula uno, evidentemente Red Bull puede patrocinar estos saltos estratosféricos o James Cameron puede volver a bajar por cuenta y riesgo a las fosas de las Marianas 52 años después de lo que lo hiciera la expedición militar estadounidense.

La dimensión transnacional de grandes empresas así como el interés de los consumidores de medios por espectáculos cada más innovadores hace posible que el soporte económico que Baumgartner necesitaba fluyese a cambio de que una sociedad mercantil consiguiera horas de publicidad gratuitas en televisión a lo largo del mundo. El austriaco tenía su sueño, Red Bull tenía su slogan clavadito: la bebida isotónica del toro rojo “daría alas” a Baumgartner para batir dos records que perdurarán en el tiempo debido a la dificultad logística de nuevos intentos para rebatírselos.

Sin embargo, el planteamiento ético se establece a raíz de la liberalización de las grandes infraestructuras. La carrera espacial concluyó con la bandera americana sobre la faz de la luna, lo que supuso “un pequeño peso para el hombre pero uno grande para la humanidad”. ¿Qué pasará a partir de ahora si en lugar de EE.UU. la Unión Europea o China, fuese una inmobiliaria la que pusiera la bandera sobre Marte ¿Disfrutaría esta compañía de derechos de explotación? ¿Podría urbanizar el astro a su antojo – bienvenidos a EstrallaliaDor, ciudad de vacaciones-?

Alfonso Vázquez Atochero

Antropólogo

Doctor en comunicación audiovisual

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