Nuevas fobias I. Ordenadores que nos ganan al Ajedrez.

Cuando ponemos nuestra fragilidad delante de la obcecada robustez de una máquina –en

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especial de los ordenadores- necesitamos reafirmarnos, porque nos viene una tendencia a la inferioridad. Bastaría darse cuenta de que las máquinas tienen tan buenas prestaciones porque hemos proyectado en ellas la solución de nuestras necesidades, por la potenciación de nuestras capacidades. Vamos, que el ordenador es la respuesta humana a la necesidad de calcular aún más rápido, el altavoz a la necesidad de que se nos oiga más, y el coche a la de desplazarse velozmente y con cargas pesadas. Punto. Sin embargo, parece que mola más irnos por las ramas en formas tan pintorescas como el ludismo y el neoludismo o en otras tan románticas como decir que los ordenadores –la máquina por excelencia- nunca tendrán creatividad, conocimiento, inteligencia ‘real’ o vida… ¡como si alguien supiera lo que esas palabras significan! Recurrir a palabras de definición tan, tan, vaga, es un argumento un poco trapacero… Pero además, el tener la necesidad de reproclamarse continuamente ente superior, no esconde sino falta de convencimiento, miedos y, lo que es peor, nos lleva directamente a la frustración, lo que nos hace más débiles. La técnica se volvió tan complicada que la imposibilidad de comprenderla, nos atemoriza.

La teoría ajedrecística no existe ni puede ser creada. Mezcla Cibernética. Victor Pekelis.

Una parte de la historia de la teatralización esta necesidad de sentirse confortablemente superior, se escribe mediante el ajedrez. Desde la primera máquina capaz de ‘jugar’ al ajedrez, Ajeeb y el primer autómata que realmente hacia algo (made in Spain, by Torres Quevedo), hasta Deep Blue. En 1996, cuando los ingenieros de IBM dejaron ganar a Kasparov contra DeepBlue, la euforia en algunos medios se desató (yo estaba en un laboratorio de IA y recuerdo un titular que decía ‘Kasparov shows Deep Blue who is the boss’), para desinflarse un año después, cuando fue batido. Se planteó como una batalla del hombre contra la máquina, pero ¿No jugó más bien un hombre contra otros, que usaban una máquina? o aún ¿No nos la jugaron a todos los publicitarios de IBM, con la participación de un hombre que jugaba al ajedrez y otros que enseñaban a jugar a un ordenador? Que un software gane a Kasparov o aún las mucho más claras victorias posteriores de otros  programas no significan nada respecto a una superior actividad inteligente, al menos ampliamente entendida. Dicho en Castellano, eso no significaría que DB fuera más listo que Kasparov, si eso se pudiera medir, sino a lo sumo que tenía

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más memoria, mejor ordenada o más fácilmente accesible. El ajedrez de élite dependía más de la capacidad de memorización y de una biblioteca pulcramente ordenada, que de ideas felices, creatividad o brillantez. Los grandes maestros en su cerebro, más que una chispa genial, parece que tienen enormes repositorios de jugadas y partidas aprendidas de memoria. ¿Cómo coño querían ganar en eso a un ordenador?

Puesto de lado el hecho de que la memoria es sólo una parte más de lo que se entiende como inteligencia hay algo más. El sentir vergüenza porque un coche corra más que una persona o un ordenador juegue mejor al ajedrez, parece que es tan estúpido –salvando las distancias- como un padre que se enfada cuando su hijo le pasa en altura, al fin y al cabo gracias a sus cuidados. Coches, altavoces y ordenadores no son sino manifestaciones de la creatividad del género humano. Y en su construcción esconden una dialéctica marxista  acumulativa de varios miles de años que pone en juego concepción, técnica e ingeniería, planteamientos éticos y étnicos, voluntades de poder y dominación, acceso diferencial a recursos, coontogenia técnica-sociedad-ser humano, legislaciones, acuerdos consuetudinarios, instituciones sociales… vamos… a nosotros mismos.

Raúl Antón Cuadrado

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