Sonrisa: del emoticono al avatar

La sonrisa es la metonimia del ser humano y el rasgo ontogénico más paradigmáticamente humano –perdón-; todo ser humano sabe sonreír y de hecho sonríe. Desde que se desarrolla en el bebé al socializarse tempranamente con sus padres, lo importante es que no es un mero reflejo espontáneo de una situación agradable, sino un mensaje que espera respuesta. Sólo sonreímos a personas y sólo personas nos sonríen en un acto comunicativo de significado completo y que además ayuda a reforzar, a completar otras eventuales comunicaciones. Puedo parecer un poco naïve, pero la realidad no por trivial es menos rotunda: Internet será tan eficaz como vehículo de COMunicación EXTendida como sea su capacidad de transferencia de “sonrisas”. En 1993 en la Facultad de Informática el divertimento  –único- consistía en usar el centro de cálculo para hacer pequeñas sesiones de chat y quedar en el centro de Madrid con chicas de la escuela técnica de Vallecas. El escenario, eso sí, del pleistoceno: terminales VT100 con teclado francés (nunca supe porqué), navegadores de texto Linx-y gracias- y mucho, mucho calor en una sala con centenas de máquinas, y ninguna

ventana, repleta de grupos de trabajo arracimados frente a terminales ‘cabezones’. Los chats eran poco más que lonjas de negociación de horas de quedada,  una comunicación sin expresividad, que se añadía después, en Moncloa normalmente. Para hacer que los chat tuvieran algo más de humano que la simple transmisión de letras, hubieron de inventarse –o reaparecer[1]– los emoticonos: un recurso que permitía, figurando sonrisas, como no, aclarar cuando ibas en broma o cuando te gustaba algo, de un modo mucho más connotativo y, por ello, rico que diciendo: ‘ja, ja, ja’. Se empezó con los sencillos :-), 😀 y el no va más :-p. Sin embargo, la carrera del logro de la expresividad que concluiría en la COMEX [COMunicación EXTendida]  ya había comenzado a avanzar, aunque eso sí con bifurcaciones que incluían propuestas ridículamente complejas y diversas tanto para emoticons como para Internet slang. Aunque los smileys nos parecieron el colmo de lo chic y su brillantez es tal que siguen usándose, se necesitaba añadir otra dimensión al texto, la de la imagen. Pronto las infraestructuras técnicas permitirían esta opción y era cuestión de tiempo el interiorizar la posibilidad de añadir imágenes a la comunicación. Las imágenes comenzaron entonces a acompañar los intercambios interpersonales en la red, desde fotografías del interlocutor, al estilo ‘telediario cuando no hay conexión video’, logos que añaden un significado ‘enlatado’ o lo que sería el cóctel sintético de logo y fotografía, el avatar. El avatar es una opción que requiere un pequeño trabajo de conceptualización e idealmente trata de plasmar los rasgos de una persona (al menos los que la persona quiere transmitir) en una imagen. Una caricatura ‘libre’, vamos. El avatar tiene, sin embargo, un problema, aunque éste no sea fácilmente asumible: no pone cotas a la fantasía. Permite que te presentes ya como un cachas cuando acabas de apuntarte al gimnasio o como el Corto Maltés aunque no saques de la oficina tu pálida geta cerúlea más que para ir a la piscina cubierta a recoger a los niños, cocinando todo ello con guiños a tu serie favorita de la televisión o a tu pasado heavy, por más que estés como una bola. Y aunque en las películas hace mucha risa y si no tienes otra cosa, te puede valer, la mejor manera de construir una comunicación no es mintiendo sobre las condiciones iniciales. Es como intentar echarse una novia, diciendo que tienes cosechadoras: antes o después, te las compras o te pilla y, si para ella eran importantes las cosechadoras y, o, la sinceridad, se acabó el noviazgo. El avatar como aporte a la comunicación comparte sus mismas constricciones. La comunicación para ser eficaz debe de ser esencialmente transparente, sincera. Así que el avatar debe de ser esencialmente sincero… o al menos que se lo crea su propietario lo suficiente como para que lo haga aceptable racionalmente a los interlocutores. Esta es la condición para que el avatar logre añadir algo la comunicación. En el caso ideal esto implicaría que fuera un ‘abstract’ de un video de la persona comunicándose, es decir la conceptualización de cómo esa persona se comunica… ¡Qué difícil! Lo dejaremos en la recomendación de hoy ‘para hacer avatares en condiciones / huye amiguito de las ambientaciones’.

Raúl Antón Cuadrado

[1] Aparecieron en la revista Puck USA en 30/3/1881 [la imagen es de esta publicación]La sonrisa es la metonimia del ser humano y el rasgo ontogénico más paradigmáticamente humano –perdón-; todo ser humano sabe sonreír y de hecho sonríe. Desde que se desarrolla en el bebé al socializarse tempranamente con sus padres, lo importante es que no es un mero reflejo espontáneo de una situación agradable, sino un mensaje que espera respuesta. Sólo sonreímos a personas y sólo personas nos sonríen en un acto comunicativo de significado completo y que además ayuda a reforzar, a completar otras eventuales comunicaciones. Puedo parecer un poco naïve, pero la realidad no por trivial es menos rotunda: Internet será tan eficaz como vehículo de COMunicación EXTendida como sea su capacidad de transferencia de “sonrisas”. En 1993 en la Facultad de Informática el divertimento  –único- consistía en usar el centro de cálculo para hacer pequeñas sesiones de chat y quedar en el centro de Madrid con chicas de la escuela técnica de Vallecas. El escenario, eso sí, del pleistoceno: terminales VT100 con teclado francés (nunca supe porqué), navegadores de texto Linx-y gracias- y mucho, mucho calor en una sala con centenas de máquinas, y ninguna

ventana, repleta de grupos de trabajo arracimados frente a terminales ‘cabezones’. Los chats eran poco más que lonjas de negociación de horas de quedada,  una comunicación sin expresividad, que se añadía después, en Moncloa normalmente. Para hacer que los chat tuvieran algo más de humano que la simple transmisión de letras, hubieron de inventarse –o reaparecer[1]– los emoticonos: un recurso que permitía, figurando sonrisas, como no, aclarar cuando ibas en broma o cuando te gustaba algo, de un modo mucho más connotativo y, por ello, rico que diciendo: ‘ja, ja, ja’. Se empezó con los sencillos :-), 😀 y el no va más :-p. Sin embargo, la carrera del logro de la expresividad que concluiría en la COMEX [COMunicación EXTendida]  ya había comenzado a avanzar, aunque eso sí con bifurcaciones que incluían propuestas ridículamente complejas y diversas tanto para emoticons como para Internet slang. Aunque los smileys nos parecieron el colmo de lo chic y su brillantez es tal que siguen usándose, se necesitaba añadir otra dimensión al texto, la de la imagen. Pronto las infraestructuras técnicas permitirían esta opción y era cuestión de tiempo el interiorizar la posibilidad de añadir imágenes a la comunicación. Las imágenes comenzaron entonces a acompañar los intercambios interpersonales en la red, desde fotografías del interlocutor, al estilo ‘telediario cuando no hay conexión video’, logos que añaden un significado ‘enlatado’ o lo que sería el cóctel sintético de logo y fotografía, el avatar. El avatar es una opción que requiere un pequeño trabajo de conceptualización e idealmente trata de plasmar los rasgos de una persona (al menos los que la persona quiere transmitir) en una imagen. Una caricatura ‘libre’, vamos. El avatar tiene, sin embargo, un problema, aunque éste no sea fácilmente asumible: no pone cotas a la fantasía. Permite que te presentes ya como un cachas cuando acabas de apuntarte al gimnasio o como el Corto Maltés aunque no saques de la oficina tu pálida geta cerúlea más que para ir a la piscina cubierta a recoger a los niños, cocinando todo ello con guiños a tu serie favorita de la televisión o a tu pasado heavy, por más que estés como una bola. Y aunque en las películas hace mucha risa y si no tienes otra cosa, te puede valer, la mejor manera de construir una comunicación no es mintiendo sobre las condiciones iniciales. Es como intentar echarse una novia, diciendo que tienes cosechadoras: antes o después, te las compras o te pilla y, si para ella eran importantes las cosechadoras y, o, la sinceridad, se acabó el noviazgo. El avatar como aporte a la comunicación comparte sus mismas constricciones. La comunicación para ser eficaz debe de ser esencialmente transparente, sincera. Así que el avatar debe de ser esencialmente sincero… o al menos que se lo crea su propietario lo suficiente como para que lo haga aceptable racionalmente a los interlocutores. Esta es la condición para que el avatar logre añadir algo la comunicación. En el caso ideal esto implicaría que fuera un ‘abstract’ de un video de la persona comunicándose, es decir la conceptualización de cómo esa persona se comunica… ¡Qué difícil! Lo dejaremos en la recomendación de hoy ‘para hacer avatares en condiciones / huye amiguito de las ambientaciones’.

Raúl Antón Cuadrado

[1] Aparecieron en la revista Puck USA en 30/3/1881 [la imagen es de esta publicación]La sonrisa es la metonimia del ser humano y el rasgo ontogénico más paradigmáticamente humano –perdón-; todo ser humano sabe sonreír y de hecho sonríe. Desde que se desarrolla en el bebé al socializarse tempranamente con sus padres, lo importante es que no es un mero reflejo espontáneo de una situación agradable, sino un mensaje que espera respuesta. Sólo sonreímos a personas y sólo personas nos sonríen en un acto comunicativo de significado completo y que además ayuda a reforzar, a completar otras eventuales comunicaciones. Puedo parecer un poco naïve, pero la realidad no por trivial es menos rotunda: Internet será tan eficaz como vehículo de COMunicación EXTendida como sea su capacidad de transferencia de “sonrisas”. En 1993 en la Facultad de Informática el divertimento  –único- consistía en usar el centro de cálculo para hacer pequeñas sesiones de chat y quedar en el centro de Madrid con chicas de la escuela técnica de Vallecas. El escenario, eso sí, del pleistoceno: terminales VT100 con teclado francés (nunca supe porqué), navegadores de texto Linx-y gracias- y mucho, mucho calor en una sala con centenas de máquinas, y ninguna

ventana, repleta de grupos de trabajo arracimados frente a terminales ‘cabezones’. Los chats eran poco más que lonjas de negociación de horas de quedada,  una comunicación sin expresividad, que se añadía después, en Moncloa normalmente. Para hacer que los chat tuvieran algo más de humano que la simple transmisión de letras, hubieron de inventarse –o reaparecer[1]– los emoticonos: un recurso que permitía, figurando sonrisas, como no, aclarar cuando ibas en broma o cuando te gustaba algo, de un modo mucho más connotativo y, por ello, rico que diciendo: ‘ja, ja, ja’. Se empezó con los sencillos :-), 😀 y el no va más :-p. Sin embargo, la carrera del logro de la expresividad que concluiría en la COMEX [COMunicación EXTendida]  ya había comenzado a avanzar, aunque eso sí con bifurcaciones que incluían propuestas ridículamente complejas y diversas tanto para emoticons como para Internet slang. Aunque los smileys nos parecieron el colmo de lo chic y su brillantez es tal que siguen usándose, se necesitaba añadir otra dimensión al texto, la de la imagen. Pronto las infraestructuras técnicas permitirían esta opción y era cuestión de tiempo el interiorizar la posibilidad de añadir imágenes a la comunicación. Las imágenes comenzaron entonces a acompañar los intercambios interpersonales en la red, desde fotografías del interlocutor, al estilo ‘telediario cuando no hay conexión video’, logos que añaden un significado ‘enlatado’ o lo que sería el cóctel sintético de logo y fotografía, el avatar. El avatar es una opción que requiere un pequeño trabajo de conceptualización e idealmente trata de plasmar los rasgos de una persona (al menos los que la persona quiere transmitir) en una imagen. Una caricatura ‘libre’, vamos. El avatar tiene, sin embargo, un problema, aunque éste no sea fácilmente asumible: no pone cotas a la fantasía. Permite que te presentes ya como un cachas cuando acabas de apuntarte al gimnasio o como el Corto Maltés aunque no saques de la oficina tu pálida geta cerúlea más que para ir a la piscina cubierta a recoger a los niños, cocinando todo ello con guiños a tu serie favorita de la televisión o a tu pasado heavy, por más que estés como una bola. Y aunque en las películas hace mucha risa y si no tienes otra cosa, te puede valer, la mejor manera de construir una comunicación no es mintiendo sobre las condiciones iniciales. Es como intentar echarse una novia, diciendo que tienes cosechadoras: antes o después, te las compras o te pilla y, si para ella eran importantes las cosechadoras y, o, la sinceridad, se acabó el noviazgo. El avatar como aporte a la comunicación comparte sus mismas constricciones. La comunicación para ser eficaz debe de ser esencialmente transparente, sincera. Así que el avatar debe de ser esencialmente sincero… o al menos que se lo crea su propietario lo suficiente como para que lo haga aceptable racionalmente a los interlocutores. Esta es la condición para que el avatar logre añadir algo la comunicación. En el caso ideal esto implicaría que fuera un ‘abstract’ de un video de la persona comunicándose, es decir la conceptualización de cómo esa persona se comunica… ¡Qué difícil! Lo dejaremos en la recomendación de hoy ‘para hacer avatares en condiciones / huye amiguito de las ambientaciones’.

Raúl Antón Cuadrado

[1] Aparecieron en la revista Puck USA en 30/3/1881 [la imagen es de esta publicación]

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